Post creado por Marina Ángel Quiroga como guest blogger. Marina es bióloga, especialista en ensayos clínicos en cáncer y comprometida con los derechos de los animales y el medio ambiente.
Con un posgrado en Marketing Digital y experiencia en divulgación e ilustración científica, le apasiona el storytelling y la creatividad como herramientas para conectar ciencia, arte y causas sociales.
¡Os dejo con su post!
La importancia del reino animal como componente metafórico del lenguaje humano
“El hombre es un lobo para el hombre”. Esta frase se la oí decir por primera vez a mi madre, que había estudiado a Thomas Hobbes, quien la había tomado prestada de Plauto. Sus palabras habían viajado a través del tiempo, más de 2000 años, con un significado invariable: los seres humanos, en ausencia de leyes, tienden a competir entre sí de forma egoísta y violenta… ¿pero por qué usar al lobo como metáfora?
Los animales son muy frecuentemente usados como metáforas para representar cualidades en los humanos a través de la zoosemia.Cuando decimos “listo como un lince”, “fuerte como un oso” o simplemente llamamos a alguien “burro” o “cerdo”, ya no estamos hablando del animal real: estamos hablando de un estereotipo, de un concepto cultural construido por la sociedad y fuertemente integrado en nuestra cultura y lenguaje.
Están presentes en nuestras fábulas, proverbios, poesía y canciones.A través de ellas amamos u odiamos, ensalzamos o insultamos, humanizamos o deshumanizamos. Las usamos cada día… y no nos damos cuenta de la profundidad de su significado.
La zoosemia no es un recurso exclusivo del castellano
Es un fenómeno lingüístico y cultural universal. Este fenómeno ha evolucionado en el tiempo, sintetizándose y afectando las relaciones que los humanos mantenemos con el resto de los animales.
Aunque el mecanismo es universal, cada cultura modela el uso del lenguaje y aporta un significado y atributos específicos a los animales, transmitiendo el juicio que nuestros ancestros les adjudicaron. Los estereotipos animales que hoy conforman las metáforas que usamos son una herencia de la comprensión y visión del mundo que nos han transmitido nuestros antepasados.
Por eso nos es tan interesante estudiar las connotaciones que cada cultura (también en la actualidad) da a ciertos animales. Algunas se esfuerzan en diferenciarse de ellos, mientras otras entienden que todos los animales, humanos o no, estamos conectados como parte del mundo natural.

En la cultura occidental, la palabra animal ya en sí misma tiende a tener una connotación negativa como sinónimo de bruto, salvaje, estúpido o primitivo
Mientras que hacer “lo más humano” o “de forma humana” es sinónimo de empatía, bondad… Como bien indica la escritora y activista Carol J. Adams, hemos estructurado nuestro lenguaje para evitar reconocer nuestra similitud biológica. Nuestro lenguaje ya subordina los animales a nosotros, nos separa en dos categorías, nos hace apáticos y nos distancia emocionalmente de ellos.
En el ejemplo del lobo, vemos la distorsión que esto genera. El lobo no es más violento que lo pueda ser una gineta o un búho, y sabemos que no es egoísta: cuida de los miembros más jóvenes, viejos y heridos e, incluso, adopta a las crías huérfanas. Sin embargo, en la antigüedad el lobo era un competidor económico que se alimentaba del ganado de los campesinos, cosa que no hacían el resto de los depredadores.
«Especismo y Lenguaje«, de Catia Faria y Núria Almiron, profundiza enormemente en cómo estos falsos estereotipos están muy presentes en el idioma castellano, donde muchos nombres de animales son también una palabra peyorativa: asno, rata, gusano, víbora, buitre, etc. Hablamos de pintarse como una mona, estar como una cabra o ser la oveja negra. O insultamos a alguien sucio llamándolo cerdo, cuando en realidad los cerdos son animales sumamente limpios.
Es interesante el modo en que los seres humanos utilizan a los animales para evitar asumir un defecto, proyectándolo en ellos, como si fuera típico de su conducta y no de la propia.
El lenguaje especista consiste en el uso de terminología que tiende a degradar, ignorar o estereotipar a animales de determinadas especies, reflejando la creencia, a menudo inconsciente, de que unos son inferiores a otros, justificado de esta forma dominarlos y maltratarlos. Carol J. Adams, además, indica que la opresión de mujeres y animales no constituye dos sistemas independientes, sino que se superponen, sosteniéndose sobre mecanismos compartidos de objetivación, dominación y representación simbólica.
Y es que, un paso más de esta denigración consiste en combinar zoosemia y sexismo.
En determinadas ocasiones, al cambiar el género del animal, nos damos cuenta de que algunos nombres femeninos conllevan connotaciones negativas más graves que sus equivalentes masculinos.
Por ejemplo, no es lo mismo llamar a alguien zorro que zorra, o decir que alguien está como un toro a que está como una vaca.
Este fenómeno, investigado en detalle por las filólogas Fontecha y Catalán, se denomina derogación semántica y refleja la imagen de una cultura donde las mujeres han sido históricamente devaluadas o víctimas de estereotipos negativos, sobre todo en lo relacionado con aspectos estéticos, morales o sexuales. Aunque los nombres masculinos también pueden ser objeto de dicha derogación semántica (ej: zángano) suele ser en un tono mucho menos severo, enfocado en temas como la avaricia o la pereza.

El lenguaje ha perpetuado en el tiempo estos sesgos de género y hacia los animales, pero no tiene por qué seguir haciéndolo.
El lenguaje es una construcción social con el poder de transformar y ser transformado, y puede usarse para crear relaciones y sociedades más justas.
El tiempo pasa, nuestras culturas evolucionan… y sin embargo ha sido muy poca la reducción de términos peyorativos basados en género. Aunque nuestra empatía hacia los animales es mayor que nunca en la cultura occidental, seguimos usando frases que perpetúan estereotipos que nos alejan de ellos sin darnos cuenta.
Las nuevas generaciones, a través del uso de un lenguaje cada vez más consciente e inclusivo, ponen freno a esta inercia lingüística y resisten normas sociales arcaicas.
Las historias que cuentan ya no tienen al lobo por villano, al zorro por tramposo, ni al burro por tonto y, en su visión del mundo, los humanos intentamos ser un poco menos un “hombre para el lobo”.
Fuentes y bibliografía recomendada
- Adams, C. J. (2015). The sexual politics of meat.
- Agyekum, K. (2023). SOCIOCULTURAL ASPECTS OF ANIMAL METAPHOR IN AKAN. Journal of West African Languages, 50
- Bigler, R. S., & Leaper, C. (2015). Gendered language: Psychological principles, evolving practices, and inclusive policies. Policy Insights from the Behavioral and Brain Sciences, 2(1), 187-194.
- Faria, C., & Almiron, N. (Eds.). (2024). Especismo y lenguaje (pp. 173-184). Plaza y Valdés Editores.
- Fontecha, A. F., & Catalan, R. M. J. (2003). Semantic derogation in animal metaphor: a contrastive-cognitive analysis of two male/female examples in English and Spanish. Journal of pragmatics, 35(5), 771-797
- Hart, K. R., & Long Jr, J. H. (2011). Animal metaphors and metaphorizing animals: An integrated literary, cognitive, and evolutionary analysis of making and partaking of stories. Evolution: Education and Outreach, 4(1), 52-63.
- Haslam, N., Holland, E., & Stratemeyer, M. (2019). Kittens, pigs, rats, and apes: The psychology of animal metaphors. In Why We Love and Exploit Animals (pp. 90-103). Routledge.
- Marrades, A., Sevilla, J., Calero, M. L., & Salazar Benítez, O. (2019). El lenguaje jurídico con perspectiva de género. Algunas reflexiones para la reforma constitucional. Revista de Derecho Político, 1(105), 127–160.

