Parece que el consenso siempre suena bien, ya que apunta a armonía, a buen rollo, a “vamos todos a una”. Pero cuando hablamos de creatividad e innovación, el consenso es una barrera dolorosa. La comodidad que aporta es un atajo hacia lo predecible y eso ya lo hemos hecho antes. Sin duda, como afirmación, podemos decir que el consenso arruina la creatividad y la innovación.
He estado en muchas reuniones donde la frase “mejor que estemos todos de acuerdo” ha asesinado ideas que tenían un enorme potencial, aunque fueran ideas imperfectas, raras o incómodas. El problema del consenso es que suele premiar lo que no molesta. Pero si algo no molesta, es que no cambia nada.
Creatividad e innovación no crecen en zonas seguras
Cuando todo el mundo piensa parecido, el riesgo desaparece, pero sin riesgo no hay innovación. Lo que suele ocurrir es que las propuestas se suavizan hasta quedar irreconocibles. Se elimina lo provocador y se matiza lo atrevido, dando como resultado algo que nadie odia… pero entonces, tampoco sorprende.
Una idea creativa de verdad siempre es incómoda y suele descolocar, porque muchas veces no se asimila y resulta comprensible a la primera. Por eso necesita algo de conflicto, un poco de fricción y personas que no estén de acuerdo. Cuando eso sucede y se cuestiona, es muy probable que estemos ante un abismo al que, si nos atrevemos a asomarnos, nos enseñe la novedad.
El coste invisible de estar todos de acuerdo
Hay una trampa común muy peligrosa en esto del consenso: la ilusión de eficiencia. Parece que todo fluye más rápido cuando no hay desacuerdo, pero lo que realmente ocurre es que se ahorra tiempo en el presente para pagar con mediocridad en el futuro. Las ideas sin personalidad y sin alma, ¿de qué sirven?
Otra consecuencia es el miedo a destacar. En ambientes donde se valora más la armonía que la confrontación sana, la gente se autocensura. Se callan ideas por no ir contracorriente, así no se producen conflictos y no se rompe la comodidad en la dinámica grupal. Repetición versus innovación, así no llegamos a ningún lugar interesante.
La innovación necesita conflicto sano
Lo que marca la diferencia es contar con un entorno donde se pueda discrepar sin que eso se perciba como una amenaza. De esta manera, el foco debe ser avanzar las ideas y no proteger los egos (cosa muy difícil de lograr). A veces, la mejor manera de hacer que algo funcione es permitir que alguien diga lo que nadie quiere oír, ya que esa disonancia puede romper una puerta que el grupo, por comodidad, no se atrevía ni a mirar.
No digo que haya que discutir por sistema ni convertir las reuniones en batallas sin objetivos. Pero sí defiendo la incomodidad productiva que da lugar a conversaciones que tensan un poco para que pueda suceder lo interesante.
¿Te ha pasado alguna vez? Comparte la experiencia o el desastre en los comentarios. Seguro que no eres el único.
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